Yo nada más venía a una boda

¿Te ha pasado que nada más ibas a pasar el fin a un lugar y, de la nada, te cambia la vida completamente? Pues a mí, sí.

Iba a empezar diciéndote que esta historia comienza cuando dos de mis mejores amigos decidieron unir sus vidas para siempre y pudieron lograrlo después de una pandemia y varias fechas pospuestas, pero realmente inicia con la ilusión de salirme de Chihuahua para crecer y cumplir mis sueños, específicamente un día que, estando de vacaciones en Querétaro, decidí tragarme el miedo, agarrarme los pantalones y aventarme a tocar la puerta del lugar donde quería trabajar y preguntar si había alguna vacante. Ahora que lo pienso, creo que pocas veces en mi vida he sentido tantos nervios, emoción y, al mismo tiempo, la seguridad de estar en el lugar y momento correcto.

Honestamente fue una gran experiencia, sin embargo, por una u otra razón, en aquella ocasión no se dio. Así que cambiando la página y siguiendo con mi vida pasaron los meses y llegó la famosa boda que mencioné al principio. Por supuesto, yo no me podía perder aquel evento tan esperado, así que tomé nuevamente un vuelo para estos rumbos y me alisté para la rumba. Planeé felizmente mis días de vacaciones aquí sin saber que de vacaciones no tendrían nada.

Estaba tranquilamente descansando después de una de las mejores bodas a las que he asistido en mi vida cuando me hablaron para una entrevista de trabajo, adivina en dónde (redoble de tambores)… ¡así es!, de aquel lugar al que había ido a tocar la puerta hacía algunos meses. Y sé que lo digo así, como si fuera cualquier cosa, pero cómo te explico que para mí no sólo era una entrevista, esto iba más allá, significaba la oportunidad del cambio que había estado buscando mucho tiempo atrás.

Para no hacerte el cuento tan largo, después de dos entrevistas, nervios, emoción e incertidumbre y la pregunta ¿estás dispuesta a tenerme los próximos años de tu vida presionándote para ser una chingona? (a la que sin titubear respondí “sí”), tuve el honor de escuchar la frase “¡bienvenida al equipo de Tipos Libres, empiezas mañana!”. Y, digo, todo muy cool (no cabía de la felicidad), pero cómo le explicas a tu cabeza (y a tus papás) que ya nada más regresarás a tu ciudad natal por tus maletas.

Así fue como nada más regresé a Chihuahua por mi ropa, mi carro (porque allá es carro, no coche) y la última carne asada del futuro cercano. Ahora que lo pienso, qué curiosa la manera de un día simplemente decirle adiós a la ciudad que te vio crecer y te dio lo necesario para poder partir a cumplir tus sueños.

Así comenzó mi nueva vida, ésta que apenas lleva tres meses (ya casi cuatro) y que ha sido una montaña rusa de emociones. Entre que siento que nunca te sientes realmente listo, que todo pasó muy rápido y que no es tan sencillo cambiarte a una ciudad tan diferente (especialmente si te mudas al sur —y no me digan que Querétaro está en el centro porque el centro no existe ni en la rosa de los vientos, abajo de Durango ya todo es el sur—), con gente completamente nueva, sin el respaldo de tu familia, amigos, psicóloga, tiendas de confianza, etc. Pero bueno, volviendo al punto, honestamente sí cambia bastante la forma de pensar, de comportarse y de vivir a lo que se acostumbra en el norte.  Aunque, independientemente de todo esto, creo que así es como suceden las mejores cosas de la vida, cuando menos te lo esperas.

Sé que suena muy bonita la idea de salir de casa de tus papás e independizarte y crecer, y o sea sí, sí, sí, pero no tanto. No me lo tomes a mal, no es queja, ni berrinche, mucho menos arrepentimiento, sólo es un gran cambio después de vivir acostumbrada 26 años a un estilo de vida, a una ciudad y su gente, a tu rutina, a una forma de pensar. El hecho de que suceda esto “de la noche a la mañana” es algo que la verdad sí te mueve muchas cosas, o bueno, al menos a mí sí. Por ejemplo (siento que estoy cavando mi propia tumba con esta confesión), la primera vez que regresé a Chihuahua (por un fin de semana) mi primer pensamiento al despertar calientita bajo mis cobijas y disfrutando del olor a café y desayuno recién hecho fue “¡weeey! ¿Y si me regreso a casa de mis papás?” (it’s funny ’cause it’s true). Ahora que lo escribo sí me da pena, la verdad, pero a fin de cuentas soy un ser humano y es parte de la experiencia. Sin embargo, siento que esto pasa por tres cosas: 1) la nostalgia; 2) la tendencia que tenemos a romantizar lo que “ya no tenemos”; y 3) porque la zona de confort siempre te está seduciendo, intentando que vuelvas a sus brazos (como algunos ex). Y en este momento es importante que seas lo suficientemente inteligente (y valiente) para salir corriendo hacia el otro lado. Porque la zona de confort es un lugar súper cool, pero créeme, nada crece ahí.

Lo cierto es que esta idea se esfumó cuando me di cuenta de que hoy estoy cumpliendo los sueños que tenía a corto-mediano plazo (y también cuando escuché ronquidos a las 6:00 am en casa de mis papás). Sí, ha sido toooda una experiencia y he vivido un sin fin de cosas que jamás imaginé, pero hoy por hoy, puedo decir que cada una de ellas ha valido totalmente la pena y no cambiaría por nada todo lo que he vivido y todo lo que ahora tengo.

Así que aquí estoy, haciendo malabares con el nuevo trabajo, la nueva ciudad, las nuevas personas y la nueva cultura, intentando llevar una vida fit y beber 2 litros de agua al día, terminar la tesis de la maestría, lidiar con las emociones, el tráfico, las distancias largas, la vida social, responder a las expectativas, continuar con la terapia, el yoga, los cursos, el estudio y las nuevas experiencias.

Hoy te digo, nunca te quedes donde ya no te encuentres. El cambio es lo único constante en esta vida, muévete de lugar, ábrete a nuevas experiencias, a nuevas personas, a nuevos lugares, a nuevos retos, date la oportunidad de conocerte a fondo, de vivir tus sueños, de reinventarte y, de ser necesario, de rediseñarte.

Un último consejo: ve a tocar la puerta (LITERAL) del lugar donde quieres estar. En serio. Te puede cambiar la vida.

Ojalá lo hagan y gracias a eso coincidan con personas tan increíbles como las que yo he encontrado en esta nueva aventura.

Si llegaste hasta aquí, te lo agradezco, espero que hayas leído todo con acento norteño.

Nos vemos pronto.

La más reciente adquisición de Tipos Libres.

7 respuestas a “Yo nada más venía a una boda”

  1. Siempre haz sido de las personas más interesantes inteligentes e inigualables que eh conocido te mando un abrazo y todo el ánimo

  2. Leido con acento norteño. Disfruté esta historia de principio a fin. Eres una mujer valiente y admirable. Te deseo todo el éxito en esta nueva etapa de tu vida. Te mando un fuerte abrazo con muuucho cariño

  3. mi sobri hermosa que puedo decir si eres todo ejemplo de vida y de experiencias tan norteñas y bellas, cambiaste los atardeceres hermosos y únicos frente a la casa de tu amá y tu apá… la bella vista y puesta de sol en el bello …. pero me alegra que tus sueños se estén realizando y tu muy feliz… como dice el significado de Chihuahua lugar seco y arenoso …tierra bendita bañada de sol …. pues entiendo tu caracter valentia y lealtad a tus sueños y como dice el corrido pa gente buena Chihuahua gente noble bella y leal …. te extrañamos hermosa!!!!

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